La Soñadora de los Finales Felices

—Deseo tener una cara tan bonita que, cuando alguien la mire, sienta el mismo calor que siento cuando me miras tú.

La madre de Calista sonrío dentro del espejo. El hambre todavía era hermosa cuando Meli tenía un rostro al que prometerle un final feliz. Cuando el hambre terminaba en «Todos vivieron felices para siempre.»

Calista tenía diez años la primera vez que escuchó una mentira con la voz de su madre. No porque Meli quisiera engañarla. Se estaba muriendo. La niña sostenía un espejo de marfil con una mano, y una cuchara con la otra. Estaba sentada en el borde de la cama para darle de comer, aunque la sopa llevaba tanto tiempo enfriándose que la grasa se había mezclado en espirales sobre el caldo, casi tan espeso que Calista podía ver su sonrisa en él.

—Otra —pidió Calista, acercándole la cuchara.

Meli se negó.

—No tengo hambre.

—Tienes que comer.

—¿Quién es la madre aquí?

—Hasta que vuelvas a poder contarme historias, yo.

Meli rio, y su risa terminó en tos. Calista esperó hasta que pudo respirar otra vez. Después limpió con el borde de una servilleta la gota de caldo que había quedado en su labio. Durante aquel último invierno había aprendido muchas cosas que los niños no deberían aprender: cuánto tiempo debía dejar hervir una infusión, cuándo la respiración era difícil y cuándo convenía llamar a Lucio.

—Una más —insistió.

Meli abrió la boca al ver la sonrisa escapar de la boca de su hija.

—¿Ves?

—Terrible.

—Mentira.

—Horrible.

—¡Pero tiene zanahoria!

—Precisamente —añadió con una mueca que hizo la sonrisa de Calista completar su silueta de una gran media luna.

Sobre las rodillas de Meli descansaba una figurita de madera que ya no podía terminar. Parecía una muchacha, aunque carecía todavía de rostro. Antes de enfermar, Meli podía encontrar pájaros, bailarinas, ciervos y pequeños reyes escondidos dentro de cualquier pedazo de abedul. Decía que tallar no consistía en inventar una forma, sino en retirar con cuidado todo aquello que impedía verla. A Calista le gustaba esa idea, pues significaba que las cosas hermosas ya existían antes de que alguien pudiera reconocerlas. Tomó de nuevo el espejo.

—¿Así?

Inclinó la cara.

—Demasiado seria —dijo Meli.

Calista infló las mejillas.

—¿Así?

—Pareces una ardilla enferma.

—Mamá.

—Una ardilla muy bonita, hija.

Calista rio y el pequeño espejo tembló entre sus dedos.

Dentro de él aparecieron juntas: la piel de Meli, ya demasiado pálida; el cabello oscuro de Calista; aquellos ojos que ambas compartían y que nunca terminaban de decidir si eran verdes o grises.

La niña se contempló.

—Cuando sea grande quiero ser la más bonita.

—Eso suena agotador.

—Entonces muy bonita.

—También.

Calista pensó un momento.

—Lo suficiente.

Meli dejó de sonreír.

—¿Lo suficiente para qué?

La niña bajó el espejo.

—Para que me quieran.

Aquello hizo que Meli la mirara de una forma distinta.

Calista no sabía todavía reconocer la tristeza cuando se disfrazaba de ternura.

—Ven aquí.

La acercó contra su pecho.

La respiración de Meli tenía un silbido húmedo. Calista podía sentirlo en la mejilla.

—No tienes que ser bonita para que te quieran.

—Pero ayuda.

—¿Quién te dijo eso?

Calista se encogió de hombros.

Lucio no se lo había dicho.

No hacía falta.

Los niños aprenden muchas cosas de aquello que los adultos dejan de mirar.

Meli tomó el espejo y lo sostuvo frente a las dos.

—Pide otro deseo.

Calista estudió sus rostros juntos.

Entonces dijo:

—Deseo tener una cara tan bonita que, cuando alguien la mire, sienta el mismo calor que siento cuando me miras tú.

Meli cerró los ojos.

Por un instante, Calista creyó que había vuelto a quedarse dormida.

—Ese deseo me gusta menos —murmuró su madre.

—¿Por qué?

—Porque estás intentando meterme en un espejo.

—Así no podrías irte.

Meli no respondió.

Calista volvió a tomar la cuchara.

—Otra.

—No puedo.

—Una pequeña.

—Calista.

—Tienes que tener hambre.

Meli la miró.

—¿Por qué?

La niña pareció sorprendida por lo evidente de la respuesta.

—Porque sigues aquí.

Meli soltó una risa mínima.

—¿Eso significa que todos los vivos tienen hambre?

—Supongo.

—¿Y qué pasa cuando consiguen lo que quieren?

Calista pensó en las historias que su madre le contaba antes de dormir.

—Viven felices para siempre.

—Ah.

—¿No?

Meli observó el techo.

—En los cuentos, quizá.

—Tú dijiste que los cuentos dicen la verdad.

—Dije que dicen verdades. No es exactamente lo mismo.

Calista frunció el ceño.

Aquellas distinciones le parecían trampas de adulto.

—Entonces, si alguien tiene mucha hambre… ¿no significa que merece comer?

Meli volvió la mirada hacia ella.

La pregunta era infantil.

La respuesta no.

—Significa que necesita comer.

—Es lo mismo.

—A veces.

—¿Y las otras veces?

Meli respiró con dificultad.

Calista esperó.

—Las otras veces —dijo al fin— hay hambres que ninguna mesa puede saciar.

La niña miró la sopa.

—Eso no tiene sentido.

—No.

Meli sonrió.

—Por eso inventamos cuentos.

Aquella noche le contó uno.

Una muchacha perdía su casa, cruzaba tres montañas y esperaba siete inviernos a la persona que amaba. Cuando Calista preguntó por qué tenía que sufrir tanto, Meli dijo que algunas historias necesitaban volverse oscuras antes de que uno pudiera distinguir la luz.

—¿Y al final?

—Ya lo sabes.

—Dilo.

Meli obedeció:

—Y todos vivieron felices para siempre.

Calista se acomodó junto a ella.

—¿Todos?

—Todos.

—¿Incluso los que pasaron hambre?

Meli le besó la frente.

—Sobre todo ellos.

—¿Por qué?

Meli tardó en responder. Respirar se había convertido en una tarea que exigía decidir qué palabras merecían el esfuerzo.

—Porque después de pasar tanta hambre… uno desea creer que en alguna parte tiene que haber una mesa.

Calista levantó la cabeza.

—¿La hay?

Meli miró a su hija.

Podría haber dicho que no sabía.

Podría haberle explicado que el dolor no acumula mérito, que sufrir no obliga al mundo a compensarnos, que ningún amor futuro convierte retrospectivamente una herida en algo necesario.

Pero Calista tenía diez años.

Y Meli no llegaría a la primavera.

Así que hizo lo que hacen a veces las personas que aman cuando la verdad no ofrece refugio.

Le contó una mentira más hermosa.

—Si todavía tienes hambre, cariño, es porque aún no has llegado al final.

Calista apoyó de nuevo la cabeza contra su pecho.

Debajo del oído, el corazón de Meli continuaba.

Un Latido.

Otro.

La niña cerró los ojos.

Pensó que había entendido.

Meli murió antes del amanecer.

Calista conservó el espejo, varias figuras de madera y aquella frase.

Lo que no conservó fue la diferencia entre necesitar algo y tener derecho a recibirlo.

Durante muchos años, no pareció una diferencia importante.


Al principio Lucio quiso a Calista porque se parecía a su madre.

La Soñadora de los Finales Felices

El Origen de la Caminante de Rostros

—Deseo tener una cara tan bonita que, cuando alguien la mire, sienta el mismo calor que siento cuando me miras tú.

La madre de Calista sonrío dentro del espejo. El hambre todavía era hermosa cuando Meli tenía un rostro al que prometerle un final feliz. Cuando el hambre siempre terminaba en «Todos vivieron felices para siempre.»

Calista tenía diez años la primera vez que escuchó una mentira con la voz de su madre. No porque Meli quisiera engañarla. Se estaba muriendo. La niña sostenía un espejo de marfil con una mano, y una cuchara con la otra. Estaba sentada en el borde de la cama para darle de comer, aunque la sopa llevaba tanto tiempo enfriándose que la grasa se había mezclado en espirales sobre el caldo, un cerco espeso donde Calista casi podía distinguir el reflejo de su propia sonrisa suspendido entre la escarcha de la superficie.

—Otra —pidió Calista, acercando la cuchara, pero Meli apartó el rostro.

—No tengo hambre —dijo con voz entrecortada, aunque algo en su pecho carraspeó un susurro triunfante—. Recuerda que la princesa es la primera en degustar el cuenco. Tú no has probado nada todavía; si no empieza la historia, ¿dónde estará el final feliz?

—¡Sí, pero tienes que comer! —las palabras atropellaron las ideas de Calista—. Tú me lo dijiste en ese último cuento, ya falta poco para que empiece el eco de la primavera.

—¿Quién es la madre aquí?

—Hasta que vuelvas a poder contarme historias bajo la luz de la luna, yo.

Meli rio, y su risa terminó en un crujido de flema y tos. Calista esperó hasta que el pecho de su madre volvió a inflarse con un quejido húmedo. Después limpió con el lino áspero de la servilleta la gota de caldo que temblaba en su labio agrietado. Durante aquel invierno blanco había aprendido saberes impropios de la infancia: cuánto tiempo debía hervir una infusión para apagar el temblor, cuándo la respiración silbaba peligro y cuándo convenía llamar a Lucio.

—Una más —insistió.

Meli abrió la boca al ver la terquedad asomarse a los ojos de su hija. Tragó con esfuerzo.

—¿Ves?

—Terrible.

—Mentira.

—Horrible.

—¡Pero tiene zanahoria!

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